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EL HIJO: UN SECRETO PLACER

“El hijo” es la última de las obras teatrales que conforma la conocida -tanto en teatro como cine- trilogía planteada por el escritor y director francés, Florian Zeller, estrenada en 2018 en París, como parte del tríptico dramatúrgico, “El padre”, “La madre” y “El hijo”, en donde se problematizan los efectos de la incomunicación humana desde el núcleo familiar moderno. 

Esta dramaturgia ha sido retomada por la productora Ana González para ofrecer su puesta en escena al público mexicano en la sala A de La Teatrería, con la dirección de René Pereyra, quien es discípulo directo de Lee Strasberg y, por tanto, del sueño de una pasión que fuera detonada, entre otras cosas, por la profunda impresión que el trabajo actoral de la compañía Teatro de Arte de Moscú, bajo la dirección de Konstantin Stanislavski, presentara en 1923 con la puesta en escena de la obra histórica de Tolstói “El zar Fiódor Ivánovich” en Nueva York. 

El proceso de la puesta en escena revisita y hace todo lo posible por poner en práctica los principios de la técnica de actuación propuesta por Strasberg, mejor conocida como “El método”, a fin de procurar un trabajo actoral en cuyo proceso de creación sobre el desarrollo vital de los personajes y sus íntimas relaciones familiares haga posible, tanto para actrices como para actores, problematizar el conflicto humano, incluso, desde su propia vida y memoria sensible. Esta búsqueda alcanza una victoria ineluctable: el texto del francés no puede más y termina por renunciar a su extranjería para ser apropiado, asimilado, descoyuntado por los actores en escena, de modo que el drama, el conflicto, se nos presenta inmediato, a la vuelta de la esquina; esto es, capaz de suceder ahí en alguna casa cercana a la calle de Tabasco 152 de la Colonia Roma Norte. 


En este sentido, el trabajo del montaje propuesto por la dirección escénica concentra el foco de toda su atención sobre la labor de improvisación afectiva y relacional de los histriones. De modo que, lo más importante de observar sobre la escena, en tanto riesgo de sensibilidades expuestas frente al público y dentro de un foro tan pequeño e íntimo que permite aumentar la mirada del espectador como a través de una lupa, es el momento de peligro al que los cuerpos son expuestos cuando ningún detalle de su movimiento, temperatura, respiración o sentimiento puede escaparse a la atención del público. 

Por lo demás, el argumento de la tragedia moderna busca revelar los imperativos patriarcales que, hasta nuestros días y dado que imposibilitan la expresión de formas alternativas de ver y sentir el mundo, provocan afectos tristes, resignados y, en esto, son incapaces de realizar el erotismo vital libertario de su propia irreverencia.  El hijo es, pues, representación simbólica de un futuro que no encuentra espacio en el continuum insoportable de la realidad mercantil, preocupada por el éxito productivista y la constante instauración burguesa de sus límites insoportables. 


El tema de la salud mental y el trabajo de sus profesionales, en este caso -coincidiendo inevitablemente con lo dicho por el padrino de estreno, el actor Roberto Soto- se vuelve reflexión crítica necesaria para nuestros tiempos, a través del excelente desempeño actoral de Vlad Grajales (Enfermero Vicente) y de Eduardo Candás (Doctor Ramés), personajes con cuya entrada a escena la obra alcanza el momento de revelación imprescindible: el hijo (Emiliano Velarde) es síntoma de una deriva metonímica -recordando los análisis del Mtro. Fernando Martínez Monroy- en donde el secreto placer de los padres y madres, interpretados Marcus Ornellas, María Inés Pintado, Aurora Gil Anna y Alejandra Ambrosi, resulta ser el fracaso del descendiente, esto es, su negación absoluta. 


En esto, se hace importante una indicación anecdótica: al salir de la función el público se encontraba suspendido en una especie de shock que no alcanzaba a discernir - esto es, verbalizar con claridad- aquello que había visto. Los comentarios que escuché al paso dejaban ver que la reflexión planteada por la obra iba a extenderse más allá de aquella noche: “la obra es muy fuerte”, “necesito un cigarro”, “lo que sucede es terrible”. Esto resulta interesante, pues significa que las personalidades de los actores, muy queridos por el público debido a sus trabajos en cine y en televisión, me refiero a Marcus Ornellas y a María Innés Pintado, particularmente, trascendieron generosamente la propia singularidad de su reconocimiento mediático para enfrentarse al padre y la madre que podrían haber sido cualquiera de nosotros esa noche.


EL HIJO

de Florian Zeller

Traducción de Fernando Mosllorens y Federico González del Pino.

Dirección: René Pereyra

Del 16 al 6 de diciembre del 2026

Viernes 8:30 pm

Sábados 8:00 pm

Domingos 6 pm

Sala A de LA TEATRERÍA









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