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Una historia en tres cartas de Pilar Villanueva

Resulta innegable que Pilar Villanueva es una actriz en el más amplio sentido de la palabra, pues lleva a cabo el acontecimiento de la escena con soltura y a través de las herramientas propias del oficio con que se sirve en su trabajo, sin aparente dificultad (lo cual es meritorio por sí mismo): presencia escénica interesante, manejo inteligente del espacio, experiencia en el diálogo abierto con el público, gestualidad clara y sincera, etcétera. Pero, de entre todos estos recursos, el que la distingue más y mejor resulta ser su amplísima imaginación. La imaginación, que es, dentro de todos los artilugios de la actuación, por mucho, el más importante y preciado cuando habilita al histrión para la producción de imágenes, sensaciones, emociones, situaciones y, por supuesto: atmósferas; que, como bien se sabe, resultan de la necesaria tensión entre los cuerpos (actores, público, arquitecturas, objetos teatrales, iluminación) con que se estalla la dimensión cotidiana del tiempo, para hacer aparecer otra temporalidad: la de la teatralidad.




La imaginación, por supuesto y retomando a Baudelaire, no como mero juego de fantasía, sino, en tanto facultad de percibir las relaciones íntimas y secretas de las cosas. De esta forma, Villanueva es capaz de elevar el dispositivo de la improvisación, de su general tendencia de formato televisivo y ocurrencia banal para la descarga histérica del público en risotadas, a la construcción de una ficción que convoca personajes complejos e imágenes poéticas, cuando evita la asimilación comercial del recurso y compromete al ser íntegro de la actriz.

Por supuesto, esto no resulta extraño en Pilar: ella es una mujer comprometida con el estudio riguroso que disfruta del placer habitual por la lectura de todo tipo de materiales. Esto último, es indudable, fecunda la tierra fértil de su imaginería creadora y florece sobre las tablas para el gozo de sí misma y de su audiencia. De modo que, no está demás decirlo en estos tiempos de pantallas grandes y chicas que nos roban la vida -como los hombres grises de la novela de Michael Ende-, resulta importantísimo para todas y todos y, también, imprescindible para la actividad artística de actores que busquen el portento del acontecimiento teatral, fertilizar la imaginación con la sensibilidad, los afectos y los saberes de los libros que nos ayuden a resistir y subvertir las tendencias de moda y sus caminos determinados. Esa es la lección que deja para mí (y me parece que para cualquiera), la experiencia de asistir al estreno de la obra “Cartografía de la memoria” en la Sala Xavier Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque.

Por lo demás, apenas ahora comienza el reto planteado por el espectáculo, siendo que la actriz se ha propuesto realizar el acto virtuoso de la creación de una historia, que seguirá los designios azarosos de las propuestas lanzadas por el público y desde el concepto de la escritura epistolar. En el caso de la función de estreno a la cual asistí, la audiencia propuso el personaje de un barrendero, que haría las veces del destinatario de las tres cartas escritas por el personaje de María Eugenia (interpretado por Pilar), una actividad cotidiana propia del hogar (acariciar al gato), un paisaje (el viento arremolinado en hojas del atardecer) y una situación que pudiera englobar el suceso de la escena (un plantón). En esto, el desafío para la actriz consiste en atender la diversidad de planteamientos hechos por la concurrencia y, por tanto, a la inevitable realidad que se cuela desde las calles para sentarse en la sala de butacas.

Una realidad compleja que está en proceso de transformación continua desde la potencia de las luchas sociales y que se vuelve situación obligada para el establecimiento de una postura que el teatro no debe y no puede dejar pasar, retomando la onceava tesis de Feuerbach: “"Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo" o parafraseando a Bertolt Brecht “El teatro es un mazo para transformar al mundo”.

Más aún, cuando el día de ayer, 20 de noviembre, y antes de entrar al teatro, mucho del público asistente vivió el día de una ciudad convulsa de manifestaciones, como la del Sindicato Independiente de Trabajadores y Trabajadoras Académicos de la UNAM que reclaman aumento salarial, o concentraciones como la de la Organización de Estudiantes de la Universidad Pedagógica Nacional en paro por el retiro de becas estudiantiles, y las rodadas ciclistas en lucha por una urbanidad que no se construya solamente para la prisa de los autos. Todavía el día de hoy y recordando al personaje del barrendero sugerido por el público, se realizaron varios bloqueos por parte de los trabajadores de limpia del IPN para exigir el cumplimiento de sus pagos atrasados.

En este sentido, no puedo evitar recordar la primera de las 9.5 tesis propuestas por el crítico de arte Ben Davis: “La clase social es un asunto de importancia fundamental para el arte” y, por ello, me parece que la propuesta de este formato de improvisación se plantea un problema interesante en su conversación con la audiencia que asiste al Centro Cultural del Bosque y que está atenta e imbuida en las dificultades del mundo compartido.

De este modo, el trabajo propuesto por la habilidad actoral de Pilar Villanueva nos invita a asistir a una o más funciones, para participar activamente en el proceso de reflexión que construye la ficción. 

Pilar se acompaña con la improvisación de un músico al piano y el juego de la iluminación -que persigue a la rápida actriz en el personaje de María Eugenia-, trabajos que se entregan honesta y humildemente a la labor del virtuosismo actoral; de modo que, lo que se presenta no es un unipersonal, dado que la actriz no es la única implicada en la escena, sino quien orquesta el encuentro.

Finalmente, una posdata: me disculpo de antemano por no tener el nombre de la joven actriz que apareció debajo del escenario y frente al público, entre la primera y la segunda llamada, para contar la brevísima historia de una mujer representante de nuestros pueblos originarios. Siendo que el público todavía entraba a la sala con el apoyo de los amables acomodadores, no me fue posible escuchar con la atención merecida esta breve escena que, según entiendo, forma parte de un proyecto de intervención realizado en todas las obras del CCB. Quizá sería importante que la voz de nuestros pueblos originarios tuviera un espacio suyo y para que, otra vez, no se los dejara al margen o como nota al pie.


"Cartografía de la Memoria" Idea original, dirección y actuación de Pilar Villanueva. Música del piano en vivo: Gustavo E. Salas. Escenografía: Sajal Arte en Madera. Diseño gráfico: Cuentos Castrosos y Raramic. Estrategia digital: Alicia Pineda. Difusión, relaciones públicas y redes sociales: Paola Márquez. Iluminación y producción ejecutiva: Omar Palomares.

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Fotografías: Verónica Albarrán.




 

 

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